Del libro de B.SAVARIN siglo IXX , LA FISIOLOGÍA DEL GUSTO.

Empiezo citando un hecho que demuestra que es necesario
valor, así para preservarse como para curarse de la obesidad.
El señor Luis Greffulhe, a quien más adelante honró Su Majestad con
el título de conde, vino a verme una mañana, pues sabía que me
ocupaba de la obesidad; y amenazándole ésta grandemente, me suplicó
que le diese consejos.
«Caballero -respondí-, no teniendo yo título de médico pudiera
excusarme de tarea semejante; sin embargo, estoy a las órdenes de
usted, pero con una condición, y es que se comprometa, dándome
palabra de honor, de observar durante un mes, con exactitud rigurosa,
las reglas de conducta que voy a recetar.»
El señor Greffulhe dio la palabra exigida consintiendo a todo, y al día
siguiente le entregué la lista de las prescripciones a seguir, la primera
de las cuales mandaba que debía pesarse al principio y al fin de la cura,
con objeto de tener bases matemáticas para comprobar los resultados.
Pasado un mes volvió a verme el señor Greffulhe y se expresó, poco
más o menos, en los términos siguientes:
«He seguido los mandatos de usted con tanto rigor como si de ellos
dependiera mi vida; y he visto que durante el mes, el peso de mi
cuerpo ha disminuido algo más de tres libras. Pero para conseguir tal
resultado tuve precisión de violentar tantísimo todos mis gustos y
costumbres, y he sufrido tanto que al reiterar a usted atentísimas
gracias por los consejos que generosamente me dio, renuncio a cuantas
ventajas pueda reportar y me entrego para lo sucesivo a lo que
disponga la Providencia.»

Después de una resolución semejante, cuyo anuncio infundióme
profundísimo dolor, sucedió lo que era de esperar; el señor Greffulhe,
poniéndose cada día más gordo, tuvo que padecer cuantos
inconvenientes ocasiona una obesidad extremadísima y, apenas llegó a
los cuarenta años de edad, murió de resultas de una dolencia sofocante,
a la que vino a parar tanta gordura.
GENERALIDADES
107. La curación de la obesidad, por cualquier sistema que se adopte,
debe principiar por los tres preceptos propuestos aquí, derivados de la
teoría absoluta: parquedad en el comer, moderación en el dormir,
ejercicio a pie o a caballo.
Tales son los recursos que en primera línea nos presenta la ciencia;
sin embargo, deben considerarse como ineficaces, si tenemos a la vista
la manera de ser de los hombres y cosas del mundo, y porque cada
prescripción que se deja de ejecutar al pie de la letra, no puede
producir su efecto.
Ahora bien: 1.º Se requiere mucho carácter para levantarse de la
mesa experimentando apetito; pues en tanto dura la necesidad, un
pedazo clama al otro con atractivo irresistible y, en general, se come
mientras se tenga hambre, a despecho del médico y aun siguiendo su
ejemplo.
2.º Proponer a los obesos que se levanten temprano es lo mismo que
atravesarles el corazón. Dirán que su salud se opone a esto; que
cuando se levantan temprano quedan incapacitados para hacer cosa
alguna en todo el día; las mujeres se quejarán, porque se les cierran los
ojos; todos consentirán en acostarse a las altas horas de la noche,
reservándose el dormir hasta muy tarde; de consiguiente este recurso
también se nos escapa.
3.º Montar a caballo es remedio caro, que no conviene ni para todas
las fortunas ni para todas las situaciones.
Propóngase a una obesa bonita que monte a caballo y dará
alegremente su consentimiento; pero con tres condiciones: la primera,
que el caballo sea al mismo tiempo hermoso, vivo y noble; la segunda,
que le hagan un traje de amazona nuevo y cortado a la última moda; la
tercera, que le den un caballerizo de acompañante, complaciente y
buen mozo. Es muy raro encontrar todo eso y, por consiguiente, no se
sale a caballo.
El ejercicio a pie ocasiona otras muchas objeciones: produce un
cansancio mortal, se suda y puede pillarse una pulmonía; el polvo
estropea las medias, las piedrecitas taladran el calzado fino y no hay
posibilidad de continuar adelante. Por último, si durante estas diversas
tentativas sobreviene algún ligerísimo dolor de cabeza, si sale una
espinilla en el cutis del tamaño de una punta de alfiler, se echa la culpa
al régimen seguido, el cual se abandonaría acto continuo, haciendo que
el médico se enfurezca.
Así pues, aunque se convenga en que todo el que quiera ver

disminuir su gordura, debe comer con moderación, dormir poco y hacer
el mayor ejercicio posible, es preciso, no obstante, buscar otro camino,
a fin de conseguir el mismo resultado. Ahora bien, hay un medio
infalible para impedir que la corpulencia se haga excesiva o para
disminuirla cuando ha llegado a ese punto. Este método, que se funda
en todo cuanto la física y la química tienen de más seguro, consiste en
un régimen dietético apropiado al efecto que se quiere alcanzar.
De todas las fuerzas médicas, el régimen es la primera, porque ejerce
una acción perpetua de día, de noche, despierto o dormido. Tal efecto
se renueva en cada comida y acaba por subyugar todas las partes del
individuo. Ahora bien, el régimen antiobésico está indicado por la causa
más común y más activa de la obesidad, y puesto que se ha
demostrado que únicamente se forman las congestiones grasas a fuerza
de harinas y de féculas, lo mismo en hombres que en animales, y esto
último diariamente salta a nuestra vista, dando motivo al comercio de
los animales cebados; puede decirse, como consecuencia exacta, que la
abstinencia más o menos rigurosa de todo cuanto es harinoso o
feculento conduce a disminuir la gordura.
«¡Pero, señor! -van ustedes a exclamar todos, lectores y lectoras-,
¡pero señor!, ¡miren si es bárbaro el catedrático!, ¡miren cómo prohíbe,
con una sola palabra, todo lo que tanto nos gusta!, los panecillos tan
blancos de Limet, los bizcochos de Achard, las galletas de... y otra
porción de cosas buenas que se hacen con harina y manteca, con harina
y azúcar, con harina, azúcar y huevos. ¡Ni siquiera perdona las patatas,
ni los macarrones! ¿Podía esperarse eso de un aficionado que parecía
tan bueno?»
«¿Qué es lo que oigo? -replico poniendo la cara seria, tal como sólo
sucede una vez al año-; pues bien, comed, engordad, poneos feos,
pesados, asmáticos, y moriréis de diarrea; aquí estoy para anotarlo y
saldréis a luz en la segunda edición de esta obra, como ejemplo de
casos que demuestren mi teoría. ¿Pero, qué sucede?, con una palabra
nada más os dais por vencidos, teméis y rezáis para que no caiga el
rayo sobre vosotros... Tranquilizaos, os describiré el régimen que debéis
seguir y os probaré que todavía os restan algunos deleites en esta
tierra, donde se vive sólo para comer.
»Os gusta el pan: pues bien, comed pan de centeno; el apreciable
Cadet de Vaux preconizó desde hace mucho tiempo sus virtudes; es
menos nutritivo y, sobre todo, menos agradable, lo cual produce que
sea más fácil el cumplimiento del precepto. Para no pecar es necesario
ante todo huir de las tentaciones. No olvidéis esto, que es asunto moral.
»Os gusta la sopa; tomad de Julianas, de legumbres verdes, de coles,
de raíces; pero las prohíbo de pan, pastas y purés.
»De casi todos los primeros platos que sirven podéis tomar tales
como arroz con pollos y la parte tostada de los pasteles calientes.
Funcionad, pero con circunspección, para no tener que satisfacer más
tarde una necesidad que ya no experimentaréis.(sigue próxima entrada)