La hizo decapitar y luego, con clara lógica masculina, decidió
poseer cada noche a una virgen y por mano del verdugo
ejecutarla al amanecer, así ella no tendría ocasión de serle infiel.
Sheherazade era una de las últimas doncellas disponibles en aquel
reino de pesadilla. No era tanto bonita como sabia y tenía el don
de la palabra fácil y la imaginación desbordada. La primera
noche, después que el sultán la violó sin grandes miramientos, ella
se acomodó los velos y empezó a contarle una larga y fascinante
historia, que se extendió durante varias horas. Apenas surgió el primer
rayo del alba, Sheherazade calló discretamente, dejando al
monarca en tal suspenso, que éste le dio un día más de vida, aun
a riesgo de que ella le pusiera cuernos en pensamiento, ya que
dada la vigilancia no era posible de otro modo. Y así, de cuento
en cuento y noche en noche, la muchacha salvó su cuello de la
cimitarra, alivió la patológica incertidumbre del sultán y consiguió
la inmortalidad. Una vez que se ha preparado y servido una cena
exquisita, que la secreta tibieza del vino y el cosquilleo de las
especias recorren los caminos de la sangre y que la anticipación
de las caricias sonroja la piel, es el momento de detenerse por unos
minutos, retardando el encuentro para que los amantes se regalen
una historia o un poema, como en las más refinadas tradiciones
del Oriente. Otras veces el cuento aviva la pasión después del
primer abrazo, cuando se ha recuperado el aliento y algo de
lucidez y la pareja descansa satisfecha. Es una buena manera de
mantener despierto al hombre, que tiende a caer anestesiado, y
divertir a la mujer cuando empieza a aburrirse. Esa historia o esos
versos son únicos y preciosos: nadie los ha dicho ni los dirá en ese
tono, a ese ritmo, con esa voz particular o esa intención precisa.
No es lo mismo que un video, por favor. Si ninguno de ellos posee
talento natural para inventar cuentos, se puede recurrir al inmenso
repertorio estimulante de la literatura universal, desde los más
exquisitos textos eróticos, hasta la pornografía más vulgar, siempre
que sea breve. Se trata de prolongar el placer leyendo un trozo
excitante, pero corto; el ímpetu amoroso ganado por la cena no
debe malgastarse en excesos literarios. Así puede convertir algo
tan trivial como el sexo, en una ocasión inolvidable.
En mi libro Cuentos de Eva Luna aparece un prólogo que evoca el
poder de la narración, algo que no podría haber escrito si no lo
hubiera vivido. Pido perdón por la arrogancia de citarme yo
misma, pero creo que ilustra lo dicho. Los amantes, Eva Luna y Rolf
Carié, reposan después de un abrazo encabritado. En la memoria
fotográfica de Rolf, la escena es como un cuadro antiguo, en el
cual la amada está a su lado sobre la cama, con las piernas
recogidas, un chal de seda sobre un hombro y la piel aún húmeda
por el amor. Rolf describe así la pintura:
El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y otra
sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mi esa visión es
recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa
plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos
pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la
luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo
ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con
igual delicadeza. Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo,
detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de
la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena,
hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que
observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se
rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces
muy cercanas.
----Cuéntame un cuento----te digo.
----¿Cómo lo quieres?
----Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.
ISABEL ALLENDE (Afrodita)



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