Isabel Allende.AFRODITA.
Admito que me aterraba la perspectiva de
proponer la idea de un libro de afrodisíacos a
Carmen Balcells, la más famosa agente
literaria del mundo, cuya sola presencia suele causar sudor helado
a los editores y arrebatos de zalamería entre los escritores. Esa
señora ha invertido mucho esfuerzo en mi supuesta "carrera
literaria". Desde el principio, cuando en 1982 le llegó por correo a
Barcelona un paquete con el original de mi primera novela, La
casa de los espíritus, ella concibió planes ambiciosos para mí y con
gran paciencia ha esperado y sigue esperando que, como el vino,
yo madure con gracia. Prueba de su enorme fe es que en cada
una de mis visitas a Barcelona, ella me prepara el plato más
contundente —y afrodisíaco— de su repertorio: el "Cocido de
Carmen". Nadie podría narrar con justicia el espectáculo de esta
mujer con delantal, pañuelo en la cabeza y una retahila de
juramentos a flor de labios, haciendo malabarismos en su cocina
con los cucharones de palo, las ollas de hierro negro, las montañas
de ingredientes, los frascos de especias, los ramilletes de hierbas y
los chorros generosos del mejor brandy. Es imposible describir los
aromas de sus cacerolas, el sabor de ese caldo levanta-muertos, la
textura de los trozos de morcilla, del pollo y la carne que se deshace
en la boca. En la mesa redonda de Carmen Balcells la vajilla es
de fina porcelana, el mantel de lino almidonado, de cabo a rabo
bordado en conventos de clausura, las copas de cristal cortado
para escanciar el mejor vino de La Rioja, y las cucharas de pesada
plata antigua, herencia de remotos antepasados. Y después de
varias horas de esforzada labor en la cocina, pasamos a la mesa,
donde ella extrae con la debida ceremonia de una sopera
barrigona los tesoros de su cazuela para llenarnos los platos...Y
comemos hasta que el alma se eleva en suspiros y se renuevan las
virtudes más recónditas de nuestras aporreadas humanidades,
mientras aquella sopa bendita se nos mete en los huesos,
barriendo de un plumazo la fatiga de tantas pérdidas acumuladas
en el viaje de la existencia y devolviéndonos la sensualidad
incontenible de los veinte años. Pero yo vivo en California, donde
todo el mundo se alimenta de kiwi y ricotta y anda trotando por la
calle con una concentración demente, así es que no me acordé
del cocido cuando llamé a Carmen a Barcelona para
comunicarle tímidamente que en vez de la gran novela que de mí
espera desde hace quince años, caería sobre su escritorio un
atado de divagaciones sobre la sensualidad y recetas de cocina
de mi madre.
—Déu meu! —exclamó, no sé si en latín o en catalán, con el mismo
tono exaltado que habría empleado si Cervantes le hubiera
confiado uno de sus manuscritos. Y con esa legendaria
generosidad, que la distingue entre los tiburones del mundillo
literario, Carmen me ofreció la receta de su extraordinario cocido,
como un regalo para los lectores de este libro. Puede encontrarla,
naturalmente, en el capítulo sobre las orgías.



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