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UNA MUJER SORPRENDENTE (MERCEDES ABAD)

Tiene el amor un variado repertorio de caprichos, entre los cuales la
necesidad de constantes sorpresas es una fuente inagotable de trastornos pero
también de afortunados resultados amatorios, si es que los amantes son
capaces de satisfacer su mutua avidez de novedad y sorpresa.
«Asómbrame» se susurran entre sí los más lúcidos, y ni ternura ni falsos
romanticismos suelen visitados en tan solemne momento. Es de lamentar sin
embargo que la capacidad de sorpresa no sea un bien infinito y derrochable y
que la innovación en cuestiones amorosas se agote casi siempre demasiado
pronto; entonces alborea el aburrimiento letal que inoculará a los amantes una
extraña comezón de origen desconocido, una inquietud que tan sólo
desaparecerá en presencia de la mismísima sorpresa. Y aunque la fauna
humana no abunda precisamente en sujetos dotados de la capacidad de
sorprender, son harto notables las excepciones que han jalonado la Historia.
Verdaderos pozos sin fondo donde el asombro nos deleita sin desmayo.
La duquesa Pámfila de Castis era una de esas aves que tanto escasean y
pasará sin duda alguna a la Historia como una mujer exquisitamente original,
única y asombrosa por el ingenio que invirtió en la noble actividad de pasmar a
cuantos la rodeaban. A pesar de haber sobrepasado ya la temible barrera de
los cuarenta años, Pámfila no había perdido un ápice de su proverbial belleza;
sabía además - porque su mente funcionaba tan bien como sus sentidos y sus
encantos físicos- que no basta la hermosura del cuerpo para encandilar a un
amante y obnubilarle la razón. Cultivó por ello su mente y aguzó pérfidamente
el ingenio, arma a menudo más eficaz que unas buenas proporciones
pectorales. Una larga experiencia corroboraba su conocimiento intuitivo de las
leyes cambiantes y las tretas del amor.
Serafín, el cocinero de la duquesa, fiel servidor de la casa desde hacía
mucho tiempo, y una trayectoria gastronómica jalonada de un sinfín de
aciertos y sorpresas, se había convertido, con el paso de los años, en un
elemento imprescindible en la estrategia de seducción de Pámfila de Castis. La
duquesa prestaba una atención desmedida a la composición de los manjares
con los que agasajaba a sus amantes, puesto que abrigaba la firme convicción
de que un festín exquisito, estéticamente bien urdido y sutilmente afrodisíaco,
tiene el mágico poder de ocultar las arrugas de la anfitriona. Cuando Pámfila
dejaba de amar a un hombre, o simplemente se hartaba de él, su acta de
divorcio era terriblemente original: ese día, en lugar de invitar al amante en
cuestión a degustar delicados manjares, ordenaba a Serafín que preparara un
tosco puré de patatas y una butifarra descuidadamente cocinada. Como
semejante extravagancia se había convertido ya en una sólida tradición, que
cotilleo s y amantes despechados habían difundido ampliamente, ningún
hombre se llamaba a engaño cuando se encontraba ante la temida butifarra.
Muchos de ellos ni siquiera probaban aquella fatídica comida y,

silenciosos y cabizbajos, se alejaban de Pámfila, una mujer
extraordinariamente original. Pero, por fortuna, las cosas no siempre se
ajustaron a la rutina; un buen día, uno de los hombres despechados por vía de
la comida significativa tuvo la feliz ocurrencia de propulsar butifarra y puré
contra el rostro de Pámfila, quien, en lugar de enfurecerse y expulsarlo de su
hogar, sonrió divertida ante tamaña osadía, se reconcilió inmediatamente con
él y llamó a Serafín para que preparara una crema de cangrejos a la
parisienne, lenguados al champagne y delicados hojaldres rellenos de frutas
exóticas, todo ello acompañado con los mejores vinos y licores.
Serafín, a quien nunca había asustado la enorme responsabilidad de su
misión en las cocinas de su ama y señora, cumplía su cometido con
escrupulosidad de maníaco, seleccionaba el vino pertinente para cada uno de
los amantes e inventaba nuevos platos, adecuados a los estados anímico s de
la duquesa y a las diversas características de sus relaciones, siempre muy
heterogéneas: comidas fuertes y muy sazonadas, ricas en contrastes y sabores
agresivos para Sacha, el amante cosaco de la duquesa; cremas con grandes
cantidades de licor para Arturo, el amante alcohólico y poeta; platos con
mucho pathos para Bernardo, el amante psiquiatra...
Pero como el tiempo no perdona y Serafín había dejado muy atrás la
edad del efebo de gloriosas piernas y mirada transparente y seráfica, Pámfila
de Castis se había visto obligada, muy a pesar suyo, a contratar a un
muchacho que hiciera las veces de pinche de cocina y se ocupara de aquellas
tareas que exigen menos creatividad. Serafín quiso elegir personalmente a su
ayudante; aquello disgustó a la señora, quien conocía de sobras las
inclinaciones de Serafín y pensó que, si conseguía a un guapo muchacho, su
rendimiento como cocinero coma el peligro de disminuir notablemente. A
Párnfila siempre le había divertido tener un cocinero idumeo, pero ¿qué
ocurriría ahora si Serafín se dejaba arrastrar por la tentación y pecaba con el
pinche en la cocina? Horrorizada, la duquesa tuvo pesadillas en las que
aparecían platos manchados de esperma, cremas mancilladas de orín y sudar,
y postres ensangrentados. Pero su amor hacia Serafín la forzó a aceptar al
pinche que éste había escogido: un golfillo de quince años, de origen incierto y
que hasta entonces había robado más de una cartera. Si bien era cierto que la
belleza de aquel golfo acabaría por complicar las cosas, Pámfila, que no carecía
de buenos sentimientos, especialmente en lo referente a Serafín -del que
estuvo enamorada platónicamente y en secreto durante muchos años-, pensó
que lo más justo sería conceder a pinche y cocinero un período razonable de
prueba; si ambos se mostraban dignos de confianza, no pondría objeción
alguna a la presencia del muchacho. Ahora bien, la fortaleza es una virtud que
abandona la carne cuando la tentación es grande, y el devoto cocinero no
tardó muchos días en obedecer a la voz que desde lo más hondo de su ser le
ordenaba poner sus manos sobre las nalguitas del muchacho. Pero, ¡ay!,
aquella caricia no encontró predispuesto al cuerpo del chico y ni la
perseverancia ni las mil y una picardías de Serafín lograron ablandar al golfillo,
que también era hábil en el arte de zafarse de manos ajenas. Serafín no cejó
en su empeño y el pinche tuvo que invertir creciente ingenio para resistir a tan
tenaz asedio. En varias ocasiones el efebito contempló la posibilidad de
largarse y dejar compuesto y sin novio al suspirante, pero el empleo como
pinche y los ingresos que percibía resultaban demasiado tentadores para
echarlo todo a rodar al menor contratiempo. Por ello Crispín -así se llamaba el
muchacho- decidió perseverar en su actitud de fortaleza inexpugnable. Cada
día era mayor su hastío ante la patética insistencia de Serafín y mientras
cortaba pacientemente los ingredientes para las salsas exquisitas de Pámfila de
Castis, ni un solo minuto dejaba Crispín de tramar astutas venganzas contra el
viejo cocinero. Aunque el muchacho había practicado la prostitución en todas
sus vertientes cuando vivía malamente en los barrios bajos de la ciudad, el
lujoso ambiente que se respiraba en la mansión de la duquesa había hecho
mella en él y lo había transformado hasta el punto de desear una vida
honorable, como la que inocentemente suponía que llevaba la duquesa. Para
colmo de males, el golfillo se había enamorado de Pámfila y sintió celos
desgarradores al descubrir el afecto que ésta sentía por Serafín. La tragedia se
iba gestando en la febril imaginación de Crispín: si lograba que Pámfila
despidiera a Serafín, él quedaría al mando de las cocinas ducales y tal vez
fuera ése el camino que le permitiría acceder algún día al corazón y a la región
sacra de Pámfila de Castis. Incluso cabía imaginar que llegara a casarse con
ella. Semejantes expectativas eran mucho más de lo que el muchacho hubiera
podido soñar en la época en que los bolsillos ajenos y los catres de alquiler por
horas constituían todo su paisaje vital. Casarse con una duquesa, que además
era hermosa y lo había enamorado, sería un destino precioso para un niño de
la inclusa, un expósito de nacimiento. Sí, quería seducir a aquella mujer
maravillosa aunque para conseguirlo tuviera que sembrar cadáveres,
empezando por el del odioso cocinero, y atacando más tarde al resto de la
servidumbre. Sin embargo el muchacho tenía cierta sensibilidad y, pese a su
brillante historial de golfillo, todo derramamiento de sangre le parecía estúpido
siempre y cuando existiera otro procedimiento para conseguir los mismos
fines, de modo que decidió desprestigiar a Serafín ante la duquesa antes de
tomar medidas violentas. No tardó en ocurrírsele un sistema que se le antojó
bastante eficaz: contaminaría los platos pulcramente preparados por Serafín
con cáscaras de frutos secos, pelos, pedacitos de papel de periódico, pimienta
y sal en exceso. El único obstáculo susceptible de poner en peligro el éxito de
sus maquinaciones era la vista de lince de Serafín, pero el golfillo redimido
sabía que sus nalguitas atraían tanto al viejo cocinero que con frecuencia su
atención se desviaba de los platos humeantes y olorosos para prenderse de los
montículos gemelos que tan violentamente codiciaba.
Quiso el destino que aquellos días Pámfila de Castis anduviera despistada
y poco apetente: su último amante acaparaba toda su atención. Bocasto era
un hombre de boca casta, o de casta boca si se prefiere, lo cual significa que
ningún beso había rozado sus labios. No me atrevería yo a afirmar que Bocasto
hubiera inventado esa historia en su afán de halagar el prurito de originalidad
de la duquesa, pero sea como fuere, el asunto de la boca virgen de besos
enardeció por completo a Pámfila quien, poseída por aquella obsesión, se creía
una moderna Salomé.
Las connotaciones bíblicas añadían interés y morbo a una relación que,
de no ser así, tal vez la habría aburrido al poco tiempo, como solía ocurrir. La
entrega a esta pasión disminuyó el apetito de la duquesa que apenas se fijaba
en lo que ingería, tan absorta estaba en Bocasto. Y aunque durante unos días
encontró muchos pelos y porquerías similares en el interior de sus platos,
apenas se fijó en ello, diciéndose que tal vez Serafín tenía la regla y estaba
pasando malos momentos. Tampoco Bocasto se dio cuenta de nada o, en todo
caso, fingió que aquellos manjares con sobredosis de sal y pimienta le parecían
absolutamente maravillosos. Así suele ser el amor, mentiroso y falso cual duro
sevillano. Por fortuna, la pimienta y la sal son condimentos afrodisíacos, de
manera que una circunstancia teóricamente adversa no hizo sino estimular el
ardor de los amantes.
El pobre Crispín estaba perplejo. ¿Cómo era posible que aquella mujer
con fama universal de gourmet pudiera tragarse semejantes bazofias?
Desesperado y deseoso de que sus sabotajes gastronómicos no pasaran
desapercibidos, el muchacho decidió desechar toda sutileza. ¡Ojalá tuviera
poder para conseguir que aquellas cremas delicadas despidieran olores fétidos
y que su sabor fuera comparable al del estiércol! Cuando se rindió por fin a la
evidencia de que no poseía semejante talento, empezó a urdir nuevas tretas
hasta que, un día de feliz recuerdo que permanecerá en su memoria toda la
vida, encontró lo que había buscado durante tanto tiempo.
Era aquél un día muy especial para Pámfila de Castis: Bocasto le había
prometido que le dejaría besarle la boca si lograba sorprenderlo haciendo algo
terriblemente original. Pámflla pasó todo el día cavilando nuevas anécdotas,
inventando divertidas mentiras acerca de su pasado, escribiendo chistes que
intentaba memorizar y confeccionándose un atavío imaginativo que estuviera a
la altura de la situación. Creía haberlo conseguido ya cuando le sobrevino una
horrible depresión. Había vivido demasiado y sabía que en la vida no hay
tantas sorpresas ni tantas cosas por inventar. Le pareció que todas las fuentes
de su imaginación se habían secado para siempre y que en el fondo del pozo
sólo quedaban residuos de agua putrefacta y restos de líquenes en estado de
descomposición. Recordó entonces que un día, cuando aún era muy joven y
creía que la sorpresa la acompañaría allá donde fuere, se había prometido a sí
misma que se suicidaría en el preciso instante en que sintiera que lo que
realmente constituía la savia y la razón misma de su existencia se había
agotado. Ahora se le antojaba que ese momento tan temido había llegado y
que nada podría ya salvarla de una muerte irremisible y muy cercana; incluso
empezó a hacer cábalas sobre el método de suicidio que elegiría. Arrinconó la
indumentaria que había preparado para la noche y se envolvió en una sábana
para llorar un rato.

FIN PRIMERA PARTE,DE DOS.