UNA MUJER SORPRENDENTE.(MERCEDES ABAD)
Cuando Bocasto llegó, tan puntual como de costumbre, encontró a
Pámfila llorando amargamente y envuelta en una sábana blanca, como una
virgen: sollozaba y murmuraba entrecortadamente un balbuceo ininteligible.
Poco a poco, la presencia de su amante logró calmarla pero no quiso confesarle
sus cuitas; le dijo simplemente que un error imperdonable de la criada había
echado a perder su vestido favorito. Bocasto sonrió divertido ante la falta de
proporción entre el llanto y la menudencia que lo había provocado, propuso
que cenaran y llamó a Serafín. El viejo cocinero había invertido diez horas en
la confección del menú para la cena.
Por supuesto, momentos antes de que Serafín sirviera los platos a los
señores, Crispín, antiguo golfo y ahora soñador de altos destinos envueltos en
cachemira y seda natural, tuvo una intervención gloriosa y a la vez deplorable
al depositar cierta cosa de naturaleza misteriosa en la fuente de la ensalada de
tuétanos. Le bastó un leve meneo de culo y caderas para atraer hacia sí la
atención del cocinero; extraviados en las dulces nalgas del muchacho, los ojos
de Serafín no pudieron percatarse del gesto letal que introducía en la
ensaladera un objeto de tamaño inferior al de un dedo meñique. Fue un
trabajo sorprendentemente limpio, sin chapuzas.
Si la duquesa hubiera dejado esa noche las puertas de su habitación
abiertas, su querido y leal cocinero, Serafín para más señas, habría podido
contemplar una escena conmovedora. Pámfila, todavía envuelta en la sábana
blanca que la hace parecer virgen pero no por ello menos imaginativa, ha asido
la nuca de Bocasto y la cubre de besos que lo recorren desde el nacimiento de
la espalda, se detienen en sus orejas, descienden por el cuello, trepan por sus
mandíbulas, se deslizan por sus mejillas tiñéndolas de arrebol, se posan en las
aletas de la nariz, en los párpados lánguidamente cerrados, en la delicada
frente y las sienes, bajan de nuevo por la nariz y se detienen finalmente ante
una hermosa boca que nadie ha besado y que a nadie besó. Bocasto abre
sensualmente la boca, se humedece los labios con la lengua, tensa el cuello y
echa la cabeza hacia atrás. Pámfila se halla completamente enardecida,
húmeda y estremecida de deseo. ¿Besará hoy esa boca? ¿Será ella quien se
lleve el ansiado trofeo?
Súbitamente la duquesa decide que van a cenar inmediatamente y,
envuelta en su lienzo, se dispone a servir la comida. La dignidad y la elegancia
con las que lleva la sábana son incuestionables; con infinita gracia, ésta se
entreabre un instante, un instante breve pero suficiente para que algo que se
desplaza autónomamente abandone la ensaladera y se introduzca en el interior
del atuendo improvisado de Pámfila de Castis que sirve la cena, pero cambia
repentinamente de opinión con respecto a la naturaleza de su apetito y, como
si respondiera a una urgencia erótica desesperada, le susurra a su amante que
cenarán más tarde; se despoja lentamente de la sábana y aparece desnuda
ante los ojos de Bocasto. Como éste conoce ya de memoria el cuerpo de la
duquesa, su atención no tarda mucho en desplazarse de los pechos redondos,
opulentos, con grandes pezones erectos, hacia un elemento novedoso que se
agita en la entrepierna de la dama. Bocasto se aproxima un poco para
contemplar de más cerca la sorpresa y descubre embelesado que, en los labios
de la vulva, vulva ducal y con pedigrí, vulva de diosa, Pámfila luce un adorno
singular: un escorpión de tamaño ligeramente inferior a un dedo meñique.
Bocasto se extasía ante la gracia con la que el escorpión mueve su aguijón, y
abre con delicadeza las piernas de su amada para apreciar mejor los detalles y
las sutilezas de la operación. Luego alza un par de ojos llenos de sincera
admiración hacia el rostro de Pámfila, rostro que en estos momentos se tiñe de
auténtico orgullo, orgullo por poseer una vulva tan apetecible. A Bocasto no le
cabe ya la menor duda; profundamente impresionado y ansioso ya de entregar
a semejante portento de originalidad el premio prometido, le dice en un
amoroso murmullo:
-Querida, siempre serás sorprendente.
Fue una lástima que el discurso de Bocasto quedara interrumpido en este
punto; un alarido horrendo le impidió mostrar más efusivamente su admiración
hacia una mujer ciertamente original.
El día del entierro de Pámfila de Castis, una duquesa nada vulgar, un
golfillo redimido, un cocinero ya entrado en años y un hombre de casta boca
lloraban amargamente. Bocasto se ahorcó por idiota. Serafín y Crispín se
hicieron amantes.



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